Articulo.

De antibióticos, resistencia y súper bacterias

En la casa, en la calle, en la escuela y el trabajo: toda nuestra existencia está rodeada de vida invisible, conformada, en gran parte, por microorganismos inofensivos y benéficos, y en menor medida, por especies patogénicas. Los patógenos son microorganismos infecciosos que, al ingresar a nuestro organismo, pueden enfermarnos; como ciertos virus (aunque éstos no son seres vivos), bacterias, hongos y protozoarios. En esta ocasión nos vamos a enfocar en los procariontes, es decir, las bacterias.


¿Por qué nos enferman algunas bacterias?


La mayor parte del tiempo vivimos en armonía con nuestros microbios, pues nos ayudan a mantenernos saludables en general, pero de vez en cuando, hay desequilibrios internos y/o externos que pueden propiciar una enfermedad. Puede que haya llegado un procarionte infeccioso o parásito a generar caos, que algunos hayan mutado o que unos se hayan reproducido más que otros causando problemas. Estas posibilidades pudieron ser causadas por haber ingerido algún alimento en mal estado, estar bajo mucho estrés, descuidar nuestra dieta, entre muchos otros motivos. Ante cualquier enfermedad, el ejército del sistema inmunológico contraataca, pero… ¿y si la bacteria es más fuerte, o nuestro organismo está debilitado?


Antimicrobianos en acción


Los antimicrobianos (también conocidos como antibióticos) son compuestos químicos que dañan a las bacterias, ya sea inhibiendo su crecimiento o exterminándolas totalmente; algunos se encuentran en la naturaleza y otros se sintetizan en el laboratorio. Generalmente, los médicos nos los recetan cuando una bacteria nos infecta y enferma, por ejemplo, cuando tenemos faringitis (aquí habría que culpar a Streptococcus).

Estos fármacos actúan de formas muy diversas e ingeniosas; rompiendo la pared celular de las bacterias, interfiriendo en sus procesos de reproducción, (cuando hacen copias de ellas mismas), alterando su metabolismo, entre otras estrategias.

El ascenso y la caída de los antimicrobianos


1. El paradigmático ascenso

Los antibióticos han cambiado la medicina desde su descubrimiento, pues en la antigüedad, una cortada, un parto o una caída, podían provocar una infección mortal; de hecho, de acuerdo con Bealer, B. (2004), antes de la era de los antimicrobianos, ochenta por ciento de las infecciones bacterianas más comunes, eran fatales (p. 36). La humanidad temía a la fiebre escarlata, a la tuberculosis y a la gangrena: todas causadas por bacterias patógenas. Las cosas cambiaron cuando, en 1928, el científico Alexander Fleming contaminó accidentalmente sus cajas Petri con el hongo Penicillium notatum, advirtiendo que

producía una sustancia que impide el crecimiento bacteriano (la Penicilina); años más tarde, Howard Florey y Ernst Chain aislaron y purificaron este novedoso compuesto. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Penicilina robó el escenario al resto de avances científicos, al salvar miles de vidas de soldados, creándose así el eslogan “Thanks to Penicillin… He Will Come Home!”, y debiéndole a estas tres personalidades el Premio Nobel en 1945.



2. La caída en picada

Por desgracia, el gran auge de los antimicrobianos no duró tanto, pues las bacterias, como cualquier organismo biológico, evolucionan, es decir, mutan y se adaptan. Con el uso de estos fármacos, hemos acelerado el proceso evolutivo, de tal forma que han encontrado diversos modos para evadirlos. Idealmente, se deben usar antimicrobianos exclusivamente cuando hay una infección bacteriana evidente, pero sus usos se han extendido a límites impensables: el más impresionante es su uso en la ganadería, y los más comunes son la automedicación y el excesivo empleo preventivo (muchas veces, inútil). Vamos a desglosar ambas cosas poco a poco.


2.a La ganadería y los GPA

Los antibióticos promotores del crecimiento (GPA) son antimicrobianos que se le administran al ganado en dosis subterapéuticas (es decir, muy bajas) por largos periodos, para prevenir infecciones y aumentar la proteína de los animales. El efecto promotor de crecimiento se descubrió después de la Segunda Guerra Mundial, y de acuerdo con Peter Wynn y colaboradores, su uso se ha extendido desde entonces, aumentando la producción de productos lácteos y carne. Se piensa que la promoción del crecimiento ocurre debido a que unas proteínas (llamadas citoquinas) secretadas durante la respuesta inmune, liberan ciertas hormonas (conocidas como catabólicas), que reducen las infecciones gastrointestinales y aumentan el peso muscular.


Hasta aquí todo sonaba bien (dejando de lado los problemas éticos), pero el problema de la administración de GPAs, es que al ingresar dosis tan bajas al organismo, las bacterias se “acostumbran” a los antimicrobianos, y los procariontes más resistentes sobreviven en el tiempo, generando resistencia. El problema recae en la dispersión de residuos, pues el estiércol y los desechos avícolas de la ganadería se esparcen al medio ambiente y a alimentos de origen animal, además de frutas y vegetales (por el uso de composta). Por ejemplo, en un estudio de 2012, se recolectaron muestras de agua de granjas pesqueras de Pakistán y Tanzania, sin registro de uso de antibióticos, y se encontraron diversos genes de resistencia hacia nueve antimicrobianos; sugiriendo que existe propagación de estiércol al medio ambiente, de granjas que sí utilizan GPAs, incluso en regiones muy alejadas.

De acuerdo con la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), las bacterias más comunes asociadas con resistencia debido al uso de antibióticos promotores del crecimiento son Salmonella, Campylobacter, Escherichia coli y enterococci.


2.b Profilaxis y automedicación

Por otro lado (y por desgracia) es frecuente que cuando un paciente tiene una infección viral de bajo riesgo, los médicos receten un antimicrobiano de manera profiláctica, es decir, para prevenir que cuando el organismo esté débil por el virus, una bacteria llegue a empeorar las cosas. La realidad es que es muy poco probable que dicho problema ocurra, y lo peor es que se ha normalizado tanto, que existe la confusión de que los antimicrobianos se usan para tratar infecciones virales. Entonces los pacientes los consumen cuando tienen un resfriado, propiciando que las bacterias muten y ya no sean afectadas por el medicamento. Asimismo, los pacientes inmunosuprimidos (que SÍ necesitan dicho tratamiento profiláctico) salen afectados negativamente, porque ahora sí, los procariontes patógenos llegan, infectan, no reaccionan al antimicrobiano y ponen en grave peligro sus vidas.


¿Por qué los procariontes se vuelven resistentes?


Como les decía, las bacterias evolucionan, mutan, cambian, se adaptan y sobreviven, y entre más las exponemos a más antibióticos, van desarrollando mejores estrategias contra más compuestos. En su genoma (material genético), los científicos han observado variaciones que les otorgan particulares métodos de supervivencia; a decir verdad, algunas incluso se "comparten" esa ventaja a través de conjuntos de genes llamados plásmidos. Algunas de sus maniobras de evasión consisten en expulsar el antimicrobiano, cambiar sus receptores (o sea, sus puertas de acceso a la célula) o incluso modificar el mismo fármaco para que no les cause daño. Algo curioso, es que esta transferencia de genes no sólo ocurre en bacterias patógenas, sino que algunos no patógenos (como las bacterias del suelo) poseen esos mismos mecanismos y los transmiten.

Hemos creado súper bacterias


Ante la constante exposición química que hemos dado a las bacterias infecciosas, han surgido cepas (variantes) llamadas "multirresistentes", es decir, que pueden sobrevivir (e infectar efectivamente nuestro organismo) incluso a la acción de varios antimicrobianos de amplio espectro (los que afectan a muuuchas especies de bacterias). Lo anterior es un problema muy preocupante, pues no estamos muy lejos del día en que encontremos bacterias resistentes a todos los antibióticos existentes. Esto debería importarnos a todos, porque las súper bacterias no sólo enferman a las personas con sistemas inmunes débiles, sino que, con una poca de mala suerte, alguien saludable como tú y yo puede infectarse de una de estas maravillas de la adaptación biológica.


En un boletín informativo del 2015, la Organización Mundial de la Salud declaró que cada año, la resistencia a los antibióticos termina con las vidas de 700, 000 personas globalmente, y que, si el problema sigue en aumento, para 2050, las muertes aumentarán a 10, 000, 000. Del mismo modo, la resistencia a los antimicrobianos puede potenciar el surgimiento de más enfermedades zoonóticas (como el actual y temido SARS-CoV-2), esto es, enfermedades que se transmitieron de animales a humanos, ya sea por vectores como los mosquitos, por contacto directo o por alimentos contaminados.

¿Y yo qué puedo hacer?


Pese a que este problema es muy alarmante, no hay que alterarnos y vivir encerrados en una burbuja sin tocar ni ver a nadie, sino que hay que ser conscientes de la magnitud de la situación y ser ciudadanos informados (que también informen a otros). Primero que nada, no hay que automedicarnos, sobre todo con antibióticos, antivirales o antifúngicos. Cuando terminemos un tratamiento de antimicrobianos, hay que guardar lo sobrante en una bolsa sellada y desecharlo en contenedores especiales (puedes preguntar en tu farmacia local). Lava y desinfecta adecuadamente todos tus alimentos para prevenir el contagio por bacterias resistentes. Cuando tu médico de confianza te recete medicamentos, tómalos en el tiempo y cantidades que te indique, y no menos importante ¡vacunémonos! ya que muchas bacterias letales en la antigüedad han resurgido y mutado por la falta de vacunación. Recuerda, ¡juntos e informados con-ciencia, somos más poderosos!


Otras fuentes


  1. Bealer, B. (2004). Breaking the mould. En Australian Bussiness and Investment Explorer (Ed.), Australia's Nobel Laureates. (pp. 36-45). Roseville, Australia. Editorial ETN Communications.



Adaluz Canseco

cansecob.a@ciencias.unam.mx

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